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Jokin Arano Lampreabe: 21 años de lucha

jokin20arano20lampreabe“Llevo 21 años postrado y nunca he renunciado a la vida”

Fuente: Diario de Navarra, 14 de diciembre de 2008

Jokin Arano Lampreabe tiene 44 años y muchas ganas de vivir.

Nació un 14 de enero de 1964 en Beruete, el décimo de doce hermanos (seis chicos y seis chicas).

Pesó algo más de cuatro kilos y, aunque era algo revoltoso, creció dentro de la normalidad de un chico de su edad. Eso sí, no daba un palo al agua en el colegio: sólo aprobaba religión y gimnasia.

Como había demasiadas bocas que alimentar en su familia, se puso manos a la obra. Su primer trabajo, a los 16 años, consistió en cercar con alambre de espino Rincón del Soto, un pueblo de La Rioja, para evitar que cruzara el ganado.

A partir de entonces fue de obra en obra levantando tabiques, hasta que le contrataron definitivamente en Oricain. El tajo lo alternaba con la juerga. Le gustaba el baile y las chicas. Frecuentaba la discoteca Malloak en el alto de Azpirotz. Desde allí, lanzaba guiños a las más atrevidas.

A sus 23 años, la vida circulaba por el carril de una calma tensa. Y el destino fue implacable. Una noche, a la salida de la jornada en Oricain, un trailer se interpuso a su regreso a casa.

Centro Infanta Elena

A las 11.10 de la mañana Jokin Arano aguarda puntual en el Centro Infanta Elena en mitad de un ábside, rodeado de sillas de madera vacías y grandes ventanales.

El Infanta Elena es su hogar desde hace 21 años. Espera tumbado en una silla-camilla motorizada de dos metros de longitud, con un respaldo de Fórmula 1 hinchado con aire para evitarle rozaduras en el cuerpo.

Arano padece un traumatismo craneoencefálico severo y tetraplegia a consecuencia del accidente que sufrió aquella noche en Oricain. Para charlar con él, y se le pueda mirar directamente a los ojos, como le gusta, hay que ubicarse a su derecha.

La parte izquierda la conserva completamente paralizada. A esa hora, el hall es un hervidero de gente en sillas de ruedas resguardándose al calor de la calefacción que funciona a todo gas. Los más atrevidos desafían los 3 grados de temperatura del exterior y salen a echarse un pitillo.

Familiares de internos se arremolinan a un lado de la centralita. El cartero entra y sale del edificio con paquetes y cartas. El ajetreo contrasta con la tranquilidad de Arano que, impasible, sostiene la mirada sobre la cima nevada del monte San Cristóbal. El viento se despeña gélido e intenta atravesar a este lado de los muros de piedra.

Uno no puede evitar sentir una cuña de fuego y hielo en el estómago al acompañarle más allá del umbral. Arano desprende una sonrisa de agradecimiento por la visita. “Estoy nervioso”, aclara. Acto seguido, arranca, y encarrila la silla-camilla entre los pasillos del Centro, su casa, desde hace 21 años. Un par de cinchas le sujetan las piernas a la altura de las rodillas para evitar que se descuelguen.

Su mirada es transparente. Cambia de azul a verde, según por dónde incida la luz. El verde es el color favorito de Arano. “El verde esperanza, quien se viste de verde por guapo se tiene”, expresa. Dirige la silla a toda velocidad. “Alcanza los 15 km por hora”, advierte, al acercarse a la altura de su habitación, la número 225. Maniobra con habilidad y da marcha atrás para entrar.

“¿Dónde me pongo?”, pregunta con gracejo. “No me hagas moverme mucho”, bromea. El cuarto es amplio y luminoso. Una ventana le sirve de escape al exterior. Varias personas caminan abrigadas al otro lado. Al final, se sitúa entre la mesa donde tiene la cadena de música que conecta cada mañana, y los pies de una cama que le abrigó durante nueve años. A su izquierda, en lo alto, cuelga de un brazo una pequeña televisión que enciende cuando hay partido de pelota.

Una estantería sin libros, dos fotografías (en una de ellas posa con el Rey) y un trofeo que ganó al mus. Arano no para de contar chistes picantes y hablar sobre mujeres. “Me gustan más que el chocolate, y mira que me gustan los canutillos rellenos de chocolate…”. Sonríe pícaro. “Sabes en que se parece el techo al ombligo de una mujer… Adivina…”. Prefiere no terminarlo.

Contra la eutanasia

“Si no llega a ser por aquel viaje en ambulancia a Madrid… no sé que hubiese sido de mí”.

Cambia el semblante. Lo endurece. Fue el 8 de septiembre de 1987. “Era el cumpleaños de mi madre. Vaya aniversario le di”, recuerda desolado.

“Salía de trabajar. Serían las 20.40 horas, estaba a punto de oscurecer. En el asiento del copiloto iba Iñaki, un compañero de la obra. A él le pilló con 17 años”, detalla. “Conducíamos el coche del jefe. En el maletero transportaba dos bidones de gasoil que, para que no volcaran, los ceñí con el cinturón de seguridad. Abrí la ventanilla, apoyé el brazo fuera del coche y conduje despacio por la antigua carretera de Oricain. Circulábamos a 80 kilómetros por hora. No podíamos ir más rápidos porque el embrague resbalaba. Y cuando menos lo esperábamos, un trailer góndola se interpuso entre nosotros. Si lo llego a esquivar, nos hubiésemos empotrado contra un árbol. Chocamos contra la esquina de la parte trasera de la góndola. Ya en el hospital me metieron en el quirófano para operarme de la cabeza. Por algún error, salí en coma. Hasta el 16 de noviembre no recuperé el habla. Las primeras palabras que pronuncié al despertar, las recuerdo muy bien, fueron que tenía mucha resaca y que me trajesen algo de beber. Mi hermano estaba a mi lado”.

        A Jokin Arano le han intervenido en ocho ocasiones, la más corta duró siete horas y media. “A Iñaki se le rompió la mandíbula”. No sabe bien qué ha sido de su vida. “La carretera es muy dura. Hay que poner en el asfalto los 5 sentidos y uno más. Ha sido un trago muy duro. Todo pasó en un segundo y en mi caso, con consecuencias para toda la vida”.

        El megáfono de aviso del Centro Infanta Elena interrumpe la conversación. Al mencionarle el último caso de suicidio asistido por el que el estadounidense Craig Ewert de 59 años decidió ingerir voluntariamente una pócima letal y morir mientras le grababan, Arano se queda pensativo, alza los ojos verdes a la luz de la ventana y con la mirada, ahora en azul, prosigue. “Este hombre tenía que estar muy desesperado. No comparto esa decisión. Este mundo no es el que vivís vosotros, se ve todo de otra manera, no obstante, estoy en contra de la eutanasia y el suicidio asistido. Siempre hay algo por lo que vivir. He pasado nueve años sin levantarme de esta cama”, indica con un gesto de cabeza, “y lo tengo claro, mientras haya vida quiero vivirla”. Toma un respiro. “En estas circunstancias se puede encontrar cualquiera a lo largo de la vida. Yo animo a que estas personas luchen y sigan viviendo con las posibilidades que le queden a uno”.

Arano recuperó su independencia el 18 de noviembre de 1995. “Volví a la vida. Al comprar esta silla-camilla he recuperado mi independencia. Desde entonces soy como un chaval de 12 años, con el mismo espíritu”. Jokin cumple 45 años el 14 de enero. “No pienso en lo que me ha pasado. Eso de cerrar los ojos es lo último. Sólo miro hacia adelante…” Jokin extrae una pequeña vara de madera de haya de la parte derecha de su pantalón y se rasca la nuca y el pecho. “Tengo un problema de descalcificación de huesos”.

“Casi me ahogo”

        “Mi familia decidió trasladarme al centro de rehabilitación de Coslada y allí reviví. Gracias a los ejercicios de rehabilitación en el gimnasio y la piscina, empecé a ganar algo de movilidad. Sin embargo, una mañana, en la piscina, casi me ahogo. El fisioterapeuta me dejó solo con un flotador en las rodillas y otro en la nuca. Me dijo que levantara la cabeza todas las veces que pudiese y allí me quedé, solo, subiendo y bajando la cabeza, hasta que se me escapó el flotador, se levantaron las rodillas y me quedé boca bajo. Tragué agua a 38 grados de temperatura. Estuve dos años sin probar el agua. Bebía mosto, zumo y leche”. Suelta una carcajada cuando se le mira extrañado. Arano transmite energía y coraje. “En cierta manera, me siento un hombre afortunado, podía estar peor”, asevera. “Nunca demuestro el mal humor. Me conformo como estoy, lo único que deseo es no tener más bajones”, confiesa, ante la mirada del periodista. “Noviembre siempre ha traído lo bueno y lo malo a mi familia. Durante este mes murió mi padre, y yo regresé a la vida”, explica. “Los accidentes son un problema de cada uno. Yo también hice muchas burradas en la carretera y ahora lo pienso. Mientras intentaba sacar el carné de conducir, he roto todos los coches de los hermanos”. Una enfermera entra a la habitación y deja un juego de ropa limpia sobre el colchón. “¡Me levanto cantando a la orquesta Carisma de Falces y me acuesto “a pecaús” porque no me quiero dormir!”, exclama. “La orquesta Carisma suele venir todos los años a este centro. Tengo su CD puesto. Conéctalo. De joven era un gran bailarín”. Cuando se le pregunta por la crisis se hace el silencio. “¡Crisis! Yo sí que estoy en crisis, no tengo nada. A pesar de eso, hay que seguir adelante”.

“Mi ángel de la guarda”

“Siempre estoy tumbado, así que debo estar planchado por la espalda. Por el otro lado, me ha salido una imponente curva de la felicidad. De vez en cuando, me gusta probar una buena chuleta”.

Jesús Jiménez también reside en el Infanta Elena. Es su ángel de la guarda. “Es sordomudo”, apunta, “nos gusta ir al restaurante Bodegón en el Sadar a comer de vez en cuando, el me ayuda con la comida, está muy pendiente de mí”.

Arano se levanta a las nueve y media y apenas prueba bocado. “Desayuno lo mismo desde hace 18 años: zumo de manzana y un cola-cao bebido. Ni tostadas, ni galletas, ni pan, nada. No tengo ganas de comer a esa hora. Después voy al gimnasio y paseo. Eso sí, no sé lo que es el aburrimiento. Cuando estoy sólo me quedo tranquilo, con la mente en blanco. Recuerdo a mis amigos y familias y les telefoneo todos lo días”. Le encanta jugar al mus. Lo hace cada día. Exhibe orgulloso el trofeo que ganó junto a Sebastián, su pareja de partida, y compañero del Centro. “Otro año quedamos los segundos y nos regalaron un caja de bombones de dos pisos. A los primeros les dieron una agenda electrónica. Para qué quiero yo una agenda si no puedo escribir”, suelta una carcajada. “Una vez que salgo de la habitación no entro hasta la noche. Siempre estoy activo, de marcha. Disfruto mucho de las excursiones que se preparan en el centro”. Pero insiste, “lo que realmente me cautivan son las mujeres”. Todavía recuerda a la última que le encandiló hace 24 años. “Tenía una amiga…”, evoca aquel instante. Aparece un brillo en sus ojos, esta vez azules.

        “Ella es la que no se acuerda de mí. Así es la vida…”.